Parada en el camino
Y... ¿Hacia dónde queremos ir?
A fin de cuentas ésta es una de las preguntas importantes.
Hacerse esta pregunta es incómodo porque implica colocarse en un lugar en el mundo; y los lugares que ocupamos habitualmente son incómodos.
Luego de la pregunta viene la consabida mirada atrás y, con un poco de suerte, la visión cristalina de las decisiones que nos han llevado hasta el momento presente. No las decisiones banales que tomamos todos los días, sino los puntos de inflexión, las encrucijadas, los momentos que cambian la película. Y, por supuesto, los aciertos y los errores.
Al hacer este ejercicio debo tener en cuenta varios puntos importantes:
- Nunca sabré a dónde me habrían llevado la miríada de caminos que no tomé, así que no merece la pena preguntarse sobre ellos.
- No tienen más méritos mis aciertos que mis errores, porque ambos son lo que son, decisiones en momentos importantes. Y ambos tienen el valor que tuve yo.
- Sea cual sea el camino andado, el camino futuro es incertidumbre.
Hecho esto me repito la pregunta, pero ya más compleja y con más trasfondo. Dentro del "Hacia dónde quiero ir" ahora va implícito el "a dónde puedo ir" y el "qué estoy dispuesto a hacer para llegar hasta allí". Son preguntas aún más incómodas que la primera. Porque hay sitios a los que ya no podemos ir, sencillamente se nos ha pasado el momento; y porque, sea a donde sea donde escojamos dirigirnos, va a requerir un esfuerzo.
Cuando uno llega a la treintena y mira lo que ha hecho se da cuenta de varias cosas: la primera es que muchas tonterías se han quedado por el camino pero que las que quedan son más fuertes. La segunda es que todo aquello que se recuerda haber conseguido ha sido mediante esfuerzo y constancia y no mediante cualidades dormidas o latentes que finalmente salieron a la luz. No. Sigo teniendo un buen físico porque no he dejado de hacer ejercicio durante toda mi vida. Sigo siendo razonablemente culto porque no he dejado de leer ni de exponerme a corrientes nuevas de pensamiento. Sigo siendo razonablemente inteligente porque siempre creo que es posible serlo más y me esfuerzo por no apolillarme. Sin duda mi predisposición genética al ejercicio, mi curiosidad innata y mis dotes naturales han ayudado, pero ya no me llevo a engaño: ha sido la constancia la que ha dado sus frutos. La tercera es que el cambio no sólo no es algo ajeno sino que está a la distancia del grosor de una sombra, y que siempre hay que estar preparado para que, cuando llegue, no le pille a uno con el pie cambiado. La cuarta es... que uno ya no es joven, a pesar de los constantes esfuerzos por parte de la sociedad para alargar la juventud o la adolescencia. Yo ya no soy joven. Soy un adulto. Y ambos conceptos no son compatibles en mi cerebro.
Bien, es hora de caminar.
Adelante pues.
viernes, septiembre 17, 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario